Detrás de ese aparato viejo hay algo más que recuerdos de dibujos animados. Es un residuo electrónico, con metales valiosos y también con sustancias peligrosas. En el caso de los televisores de tubo, buena parte del peso es vidrio con plomo, y distintos estudios sitúan ese contenido entre uno y uno coma cinco kilos por unidad. Por eso no puede acabar en el contenedor de resto ni abandonado en la calle. Y aquí es donde entran en juego la creatividad y la economía circular.
Por qué un televisor viejo no es un residuo cualquiera
Los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos se consideran un flujo prioritario en la normativa europea y española. El motivo es doble. Por un lado concentran metales y plásticos que pueden reutilizarse si se gestionan bien. Por otro, contienen sustancias que pueden ser peligrosas si se rompen o se tratan sin control, desde retardantes de llama hasta vidrio con plomo en el caso de los antiguos CRT.
A escala europea, los datos muestran que compramos muchos más aparatos de los que llegan oficialmente a los canales de reciclaje. En 2023 se comercializaron más de treinta kilos por persona de nuevos equipos eléctricos y electrónicos, mientras que solo se recogieron once coma seis kilos de residuos, una diferencia de más de veinte kilos que suele quedarse en cajones, trasteros o circuitos informales.