El 3 de abril de 1860 en una carta al botánico estadounidense Asa Gray, Charles Darwin expresaba su frustración ante la presencia de las llamativas colas de los pavos reales: “¡La visión de una pluma en la cola de un pavo real, cada vez que la contemplo, me pone enfermo!”, confesó Darwin.
Once años después, en 1871, Darwin propuso la solución a esta (aparente) contradicción en su libro El origen del hombre y la selección en relación al sexo. Según el científico británico, la función de los rasgos vistosos (ornamentos) no es aumentar la supervivencia de sus poseedores sino su éxito reproductor. Es decir, la presencia de rasgos llamativos, como las colas de los pavos reales, se explica por la selección sexual más que por la selección natural.
Un signo de salud y calidad
Actualmente, sabemos que los ornamentos funcionan como señales de calidad: informan acerca de la condición física, de la salud, o de la personalidad de los poseedores.
Además, también sabemos que los ornamentos transmiten información honesta debido a que son costosos de producir. Lo que provoca que sólo los individuos de más alta calidad sean capaces de producir los ornamentos más llamativos.
Sin embargo, pese a que nuestro conocimiento sobre los ornamentos ha avanzado mucho desde los tiempos de Darwin, aún hay muchas preguntas abiertas sobre su evolución.
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