Cada búsqueda en Internet, cada mensaje enviado y cada vídeo reproducido en streaming consume energía.
Detrás de la aparente inmaterialidad del mundo digital, existe una infraestructura física que requiere enormes cantidades de electricidad, materiales y sistemas de refrigeración.
La transición hacia una sociedad más conectada también implica repensar cómo usamos la tecnología y cómo reducir su impacto ambiental. La sostenibilidad ya no se limita al transporte o la industria: hoy también se mide en gigabytes, servidores y cables submarinos.
El costo invisible de la conectividad
Los centros de datos — donde se almacenan las nubes, redes sociales y plataformas digitales — representan cerca del 2 % de las emisiones globales de dióxido de carbono, una cifra comparable a la de toda la aviación comercial.
Aunque las grandes empresas tecnológicas han comenzado a invertir en energías renovables, la demanda de datos sigue creciendo a un ritmo vertiginoso. Se calcula que para 2030 el tráfico mundial de Internet será tres veces mayor que en 2020.
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