Hay gestos tan cotidianos como romper un sobre de mayonesa en la terraza del bar o abrir un bote minúsculo de champú en la habitación del hotel que tienen las horas contadas. Este miércoles arranca de forma definitiva el reglamento europeo de envases y residuos (PPWR, por sus siglas en inglés), una ambiciosa arquitectura legal que jubila la antigua directiva de 1994 para fijar un despliegue progresivo de aquí a 2040.
La directriz comunitaria busca atajar la montaña de desperdicios que generamos a diario y exige que todos los recipientes alcancen un mínimo de reciclabilidad del 70% en 2030. La primera barrera entra en vigor este mismo 12 de agosto con la prohibición de fabricar envoltorios en contacto con alimentos que contengan sustancias PFAS (perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas), utilizadas hasta ahora para repelentes de agua o grasa.
La restricción afecta a la producción futura y atiende a las advertencias de entidades como la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), que denuncia que estos componentes “suponen un grave problema de contaminación porque se acumulan en el medioambiente”.
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