Chernóbil es casi sinónimo de un territorio muerto. Un paisaje marcado por ruinas, radiación y un silencio inquietante. Y no es una imagen exagerada: durante décadas, muchos científicos dieron por hecho que los terrenos alrededor de la central quedarían biológicamente devastados durante generaciones. Pero casi cuarenta años después de la explosión, la realidad ha resultado más compleja –y sorprendente– de lo que cualquiera imaginó.
Cuando el reactor explotó el 26 de abril de 1986, las autoridades soviéticas evacuaron a más de 100.000 personas y establecieron una zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la central. Con el tiempo, esa área se ampliaría hasta abarcar unos 2.600 kilómetros cuadrados en territorio ucraniano –unas 1,7 veces el tamaño de Ciudad de México–, donde quedaron prohibidas la residencia, la actividad económica y el acceso público.
Desde entonces, la región ha permanecido como una de las zonas con mayor contaminación radiactiva del planeta. Sin embargo, lo que casi nadie imaginó es que aquella exclusión humana terminaría produciendo un efecto inesperado: convertir Chernóbil en un refugio para la vida salvaje.
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