En un mundo donde las cosas frágiles se rompen y las fuertes también, hay excepciones que parecen arrancadas de un guion de Kurosawa reescrito por un jardinero zen con mala leche. Dos árboles de alcanfor, con unos quinientos años de edad y ubicados en el santuario Senno de Nagasaki, no solo sobrevivieron a una de las mayores barbaridades tecnológicas del siglo XX, sino que hoy siguen en pie. Quemados, agrietados, deshojados y declarados muertos… pero vivos. Más vivos que muchos de nosotros un lunes por la mañana.
El 9 de agosto de 1945 a las 11:02 de la mañana, el bombardero estadounidense B-29 dejó caer sobre Nagasaki un artefacto de 21 kilotones de TNT, apodado con ironía “Fat Man”. El resultado fue el infierno en la Tierra: entre 40.000 y 70.000 personas murieron al instante. Con el tiempo, el número total de víctimas ascendió a más de 195.000, si se cuentan los fallecimientos posteriores por heridas y radiación. La temperatura en el hipocentro osciló entre 3.000 y 4.000 grados Celsius, suficiente para borrar a cualquier ser vivo (y muerto) del mapa.
Uno pensaría que ningún organismo complejo podría salir de eso más que como ceniza flotante. Pero la realidad tiene su propio sentido del humor.
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