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10/6/2021 Entrevistas

Pablo Meira: «Si esto es una emergencia climática tendríamos que estar actuando en consecuencia»

Siguiendo por la senda de la perspectiva pedagógica en la comunicación de la emergencia climática, esta semana conversamos con Pablo Meira Cartea, doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación, profesor de educación ambiental en la Universidad de Santiago de Compostela e investigador del Grupo SEPA.

De acuerdo con un estudio que publicasteis en 2013, mientras que 9 de cada 10 personas aceptaba la realidad del cambio climático y creía que la causalidad es humana, el cambio climático no ocupaba un lugar importante en la jerarquía de problemas fue disminuyendo. ¿Cómo es la situación hoy en día? ¿Podría decirse que ha ido reduciéndose el distanciamiento espacio-temporal?
Hay datos para decirte que sí y datos para decirte que no. Las demoscopias muestran cómo efectivamente hay una cierta recuperación de la relevancia del cambio climático en la sociedad española y en general en toda Europa. El mayor pico de interés hasta ahora creo que fue entorno al 2006-2007, donde aparece Al Gore, y después hay un bajón por el fracaso de Copenhague más la crisis del 2008-2009, donde entramos en una etapa oscura que se aprecia no solo en los estudios demoscópicos sino también en los propios estudios sobre medios, con un desplome claro de las noticias sobre cambio climático.

Después empezamos la recuperación, más o menos en torno al 2012-2013, pero hay que ser realistas porque todavía dista mucho de estar cerca de la cúspide de la pirámide de los problemas que la gente entiende como fundamentales. Un último apunte es que en un estudio que acabamos de hacer preguntábamos sobre emociones, y la primera en la lista es el interés. El 80% de las personas de la muestra dicen estar muy interesadas en el cambio climático, pero posiblemente esa manifestación de interés responde a que les hemos preguntado por ese tema.

Ese supuesto gran interés no quiere decir que el cambio les interese más ahora que el tema del COVID19, o que la crisis económica y social que va a generar la misma pandemia; es decir, que al final tienes que poner el cambio climático en contexto y en contraste con otro tipo de inquietudes o preocupaciones que tiene la sociedad. Y ahí el cambio climático pierde mucha relevancia, ese es un gran problema.

¿Qué factores intervienen en la construcción de la representación social que tenemos del cambio climático?
Son múltiples. El primero es claramente la cultura común, que se nutre de componentes muy diversos. Los medios siguen siendo muy importantes, los medios son los que generan sobre todo los elementos centrales de la representación, los iconos, las imágenes que asocias y que son muy importantes para objetivar determinadas realidades. El cambio climático es una abstracción, una representación científica muy compleja de una realidad que es, en sí misma, irrepresentable.

Es tan compleja, que nosotros nunca vamos a dominar todos los elementos que explican ese objeto, esa representación científica que llamamos cambio climático. Y como toda representación, para que traspase los muros de la ciencia tenemos que objetivarla, dotarla de rasgos, propiedades y características que tengan sentido para nosotros, y aquí las imágenes son fundamentales, desde el oso polar hasta la imagen de Greta Thunberg. Entonces, los medios ahí juegan un papel muy importante, los medios convencionales y cada vez más las redes sociales, las nuevas formas de que la información científica circule hacia y por la sociedad. Por otro lado, el currículum de los distintos niveles educativos también es un medio que está alimentando la representación social del cambio climático, sobre todo en la educación secundaria.

Nosotros siempre hacemos hincapié en la educación secundaria porque es el lugar donde teóricamente el 100% de la población de las generaciones jóvenes tiene -o debería de tener- la posibilidad de entrar en contacto con la representación científica del cambio climático y con sus implicaciones humanas. Y es en ese nivel cuando las personas tienen tanto la madurez moral para entender las implicaciones éticas y sociales que tienen asociadas a la crisis climática, como la madurez cognitiva para manejar la complejidad del problema.

¿Crees que las representaciones sociales del cambio climático han ido cambiando durante la última década?
Creo que se está manejando más información. Eso explica, por ejemplo, que la emoción que la gente destacó más en el último estudio demoscópico es la del interés. Pero funcionalmente creo que las representaciones no han cambiado demasiado. Puede haber más preocupación, que es un componente de la representación, pero la comprensión del fenómeno no ha cambiado sustancialmente. Sí parece que se ha reducido la distancia psicológica con el problema, pero la representación no ha cambiado.

También hemos aprendido algo con la pandemia, y es que no hay territorio ganado; es decir, podemos conseguir que el cambio climático sea más central en la agenda mediática, política, social y educativa, pero puede pasar cualquier cosa que hace que, de repente, pase a ser otra vez secundario en esas agendas. Y otro dato muy interesante que nos ha salido en la última encuesta es que el porcentaje de personas que sigue pensando que hay dudas dentro de la comunidad científica sobre el cambio climático sigue siendo prácticamente el mismo que en una demoscopia que realizamos en 2012: casi 4 de cada 10 personas. A pesar de que la ciencia es cada vez más clara, cada vez más contundente sobre la realidad del cambio climático y sobre su causalidad humana, el 40% de la población española sigue percibiendo que la representación de este objeto que la comunidad científica proyecta a la sociedad todavía comunica incertidumbre.

Esto es clave para entender cómo se interpreta la representación científica desde el mundo de la cultura común; la incertidumbre (epistémica) es un componente del método científico, pero cuando esta incertidumbre se transmite a la sociedad muta su significado para pasar a ser entendida como algo que puede no ser cierto. Cuando un climatólogo dice: “No podemos atribuir directamente un fenómeno concreto como Filomena al cambio climático”, está realizando una afirmación correcta desde el punto de vista científico.

Es difícil establecer una relación causal directa entre el cambio climático y un fenómeno meteorológico concreto. Pero si dice eso, lo que va a comunicar y proyectar socialmente es incertidumbre. Sin embargo, podría decir: “Sabemos que, con el cambio climático, fenómenos extremos como Filomena van a ser cada vez más frecuentes e intensos”. También es una afirmación científicamente correcta, pero evita sembrar la incertidumbre en la interpretación que haga la opinión pública de la información que se transmite.

Durante los diálogos intergeneracionales se realizó un ejercicio en el que se les hizo reflexionar sobre cómo les gustaría que fuera su ciudad en el futuro. En este tipo de ejercicios no deja de haber una visión bastante utópica. ¿Crees que es necesario imaginar una utopía para avanzar hacia ella?
Sí, yo lo tengo claro. Hay que pensar que podemos vivir de otras formas. Y ahí hay que explorar sabiendo que nos movemos en el terreno de la utopía, básicamente porque el modelo de producción y consumo es muy resistente y no va a cambiar de un día para otro. Pero también creo que los cambios individuales se orientan por las utopías y tienen un efecto agregado.

Tampoco creo eso de que yo cambio y cambia el mundo, no funciona así tampoco. Pero sí creo que tiene un doble efecto; es decir, si yo reduzco, si no consumo carne roja, obviamente mi huella ecológica y mi huella de carbono van a pesar menos. Ya conseguimos algo y sé que eso tiene un efecto agregado. Pero sé que además de eso, además de esas opciones que son individuales pero que son también políticas, necesitamos políticas estructurales, de cambio. Uno de los grandes retos de la educación ambiental es cómo podemos ligar lo global con lo individual y cómo podemos establecer puentes entre esas escalas, porque el cambio global no va a ser posible si no hay individuos, personas organizadas que promuevan ese cambio.

Y ahí, las escalas intermedias son fundamentales: la región, la comunidad autónoma, las comunidades, los colectivos sociales, etc. Porque es obvio que este problema no vamos a cambiarlo dejando de comer carne. Es un problema estructural, civilizatorio, y yo creo que la gente es pesimista porque percibe algo que es cierto, que posiblemente estamos en un colapso global en marcha. No es un colapso como los precedentes, de civilizaciones humanas anteriores, este puede ser un colapso a escala global del nadie se va a poder librar, y es muy difícil comunicar y educar pensando en esta idea.

Durante los diálogos intergeneracionales se habló sobre la importancia de abordar el problema de la crisis climática desde nuestra posición de privilegio, que entre otras cosas, nos da tiempo para reflexionar porque el cambio climático todavía no está alterando demasiado nuestra calidad de vida. ¿Qué opinas sobre ello?
Fíjate que el tiempo aquí es una variable fundamental. Todavía no vemos el humo del incendio, la vida sigue. Hablamos de Filomena, hablamos de un huracán que arrasa el Golfo de México, o el sur de África, pero la vida sigue. Entonces, es difícil percibir la situación de emergencia en la que estamos. Yo siempre lo digo: una emergencia a cámara lenta no es una emergencia. Cuando el gobierno declaró la emergencia climática el año pasado, pensé: “Y ahora, ¿cuál es la señal de emergencia?”. Cuando declararon la emergencia sanitaria, que no nos podíamos mover de casa, eso sí es una emergencia. Pero nadie ha lanzado una señal objetiva de emergencia climática a la sociedad, porque si esto es una emergencia tendríamos que estar actuando como si lo fuera.

Siempre hay algún problema más importante que el cambio climático, sea coyuntural o sea estructural, pero estamos a 9 años del 2030 y a 29 del 2050, y eso en tiempo climático no es nada. Nosotros tenemos una percepción lenta, y en términos de historia natural, el cambio climático antropogénico es como acelerar de 0 a 100 en menos de un segundo. El clima está cambiando a una velocidad brutal, la curva está subiendo en vertical, lleva subiendo en vertical siglo y medio, pero para nosotros siglo y medio es mucho tiempo, entonces aquí hay un tema de percepción del tiempo.

Pero, ¿cómo vamos a decirle a la gente que forma parte de la generación del cambio climático que a su estilo de vida hay que darle la vuelta como a un calcetín, que hay que desconectarse con todo lo que tiene que ver con lo fósil? Y que, a lo mejor, su estilo de vida tiene que cambiar radicalmente porque si no, no hay forma de llegar al hito de reducción de emisiones de 2030, ni al de 2050, ni a esos deseables +1,5 o +2 grados de más en 2100. Y si no, nos estamos engañando.

¿Debería hacerse un esfuerzo mayor para tratar de comunicar cómo afectaría la crisis a nuestra calidad de vida?
Hay un tema clave aquí, que es el modelo de sociedad. Sobre todo, el modelo económico de crecimiento, y la relación que hay entre trabajo y bienestar. Por ejemplo, pienso que hay una vinculación muy estrecha entre la cuestión de la renta básica y la cuestión del cambio climático; es decir, la redefinición de los objetivos vitales y la relación que hay entre el trabajo, como una forma de obtener autonomía, y la calidad de vida. Yo estoy convencido de que una sociedad con una renta básica sería más fácil de transitar hacia la descarbonización que una sociedad donde el trabajo es una obsesión y es la clave de la vida. No trabajamos para vivir, vivimos para trabajar. Entonces, desconectar la vida del trabajo sería una clave para cuestionar precisamente el modelo de producción y consumo que nos domina.

Se trata de redefinir qué significa vivir, en el fondo. El tema de la renta básica es crucial para ajustar nuestro estilo de vida a lo que necesitamos para evitar los peores escenarios posibles, para ajustar una vida con un nivel muy bajo de emisiones y centrada en aspectos más cualitativos que cuantitativos. Tenemos que cuestionar el crecimiento porque vivimos en un mundo finito. No hay más planeta, no hay planeta B.

Se suele decir que la clave de este cambio es la educación de las generaciones más jóvenes. ¿Cómo que la clave es la educación? La educación es un elemento más del sistema, pero la clave no es la educación. Podemos educar a la infancia y a la adolescencia en contextos escolares coherentes, y les vamos a transmitir el problema del cambio climático, la necesidad de reducir la huella ecológica, etc. ¿Y qué se encuentran en la sociedad en la que viven, cuando están con sus familias, en sus ciudades, o cuando van al centro comercial el fin de semana? No ven ni se socializan en ese contexto coherente. La clave es la sociedad, porque la sociedad socializa. La escuela es una parte de la socialización y en las sociedades contemporáneas no es la parte más importante. Tiene que haber coherencia entre lo que hace la escuela, la familia y la sociedad.

 


Estas  entrevistas se han desarrollado en el marco del programa de becas destinadas a proyectos de información y comunicación sobre el cambio climático del Departamento de Medio Ambiente y Obras Hidráulicas de la Diputación Foral de Gipuzkoa.