Berriak

2019/9/10 Hamargarren urteurrena

Teresa Calo gidoigilearen ipuina, Cristina Enea Fundazioaren urteurreneko zazpigarren oparia

"Opari" bat da Teresa Calo donostiar gidoilari eta antzezlearentzat Cristina Enea Fundazioari idazki hau oparitzea. Hala dio berak. Kasuotan, parkearen inguruko ipuin bat izan da espreski egin duena 2019. urtean ospatzen ari garen hamargarren urteurrenerako. 

Zazpigarren oparia dugu honakoa, zehazki, 'En el parque' izeneko testu hau. "Haur bilakatzen naizenez parkera natorrenean, oparia egiteko ere ume bilakatu naiz", dio txantxetan donostiarrak, eta, honakoa gaineratu du: "Atea zabaltzen duen norbaitekin hasten da, eta, gero itxi egiten da. Nik ere parkeko 'planetatxo' desberdinei ere atea zabaldu nahi izan diet, horrenbeste txoko eta momentu baititu egunean eta urtean, pittin bat honakoa esatea dela: 'Ateak ireki'". 

Izan ere, gidoilariak ziurtatu digunez, asko etortzen omen da parkera: "Gertu bizi naiz eta Cristina Enea nire lorategi erraldoia da; asko disfrutatzen dut hemen urte osoan". Honenbestez, ipuin honekin Fundazioari opari egingo dioten pertsona, talde, elkarte eta koletkiboei batu zaie jada Teresa Calo, beti ere hiriari eta herritarrei eginiko ekarpen gisa ulerturik.  

Jarraian duzue aipatu ipuina, eta, ondoren, egileari egin diogun elkarrizketatxoa: 

 

'En el parque

De no haber sido por su madre no lo habría hecho. Dejar al principito en un frigorífico… ¡A quién se le ocurre! Pero es verdad que lo tenía repetido (a veces pasa con los libros) y claro, hay que ser generoso, saber compartir y todo eso y a lo mejor hay algún niño que no lo ha leído y se pondrá muy contento y bla, bla, bla.

Musitó un perdón antes de cerrar la puerta, la pena apretándole la garganta. Un sonido conocido la hizo volverse y allí estaba: orgulloso, gigantesco, majestuoso, bellísimo, un pavo real desplegaba el abanico de su cola. La expresión de su rostro cambió en un segundo. Se llevó a la boca su mano, demasiado pequeña para cubrir su sonrisa. Los ojos abiertos como queriendo absorber la mágica escena. Como los arcoíris, los pavos siempre consiguen aflorar el estupor de quien los contempla. No  importa cuántas veces los hayas visto, son irrepetibles. 
“Y lo hacen para conquistarlas”, pensó mirando de reojo a las pavas que, fingiendo ignorar a sus pretendientes, picoteaban entre el césped buscando sabe dios qué. “Desde luego, qué pavas son las pavas”. Ya más animada comenzó el descenso hacia la entrada del parque, donde la esperaba su madre. 

Los Castaños de indias parecían reventar de alegría en sus flores altivas. Las dos secuoyas competían en silencio en un maratón de siglos con destino al cielo. Se detuvo un instante. Sintió, el que el parque la envolvía en un abrazo suave de aroma y belleza. Sonrió. Después de todo, no se le ocurría mejor sitio para dejar a su amigo.

Dentro del frigorífico, el principito echó un vistazo a sus vecinos. Estaba demasiado oscuro como para empezar a hacer presentaciones, así que salió de su libro y decidió colarse por una de las rendijas. Es la ventaja de ser tan pequeño, claro. 

¡Santo firmamento, qué planeta es éste! No recordaba haber encontrado nada igual en su viaje a la tierra. Todo lo que podía desear estaba aquí: árboles de distintas especies, flores, caminos sombreados, campas de hierba verde, un estanque con patos, sapos parteros y hasta un cisne… Uf. Y la gente. Porque a él le siempre le había gustado conocer gente diferente y aquí tenía un muestrario interminable.

A lo largo de muchos días, supo que los chicos y chicas que corren sudorosos no lo hacen perseguidos por nadie, sino para ponerse fuertes; que los ancianos, que han olvidado las prisas, recorren los caminos para cargarse de vida; que los niños encuentran tesoros detrás de cada seto y, como excitados exploradores, vuelven a sus casas con la cabeza llena de munición con la que disparar sus sueños.

También encontró lectores solitarios, parejas acarameladas y grupos ruidosos celebrando cumpleaños. Tanta gente distinta, tantas edades, tantas razas… ¿Cuánto tiempo iba a necesitar para lanzar sus preguntas a todos ellos? Quizás le llevaría un año.  

Esta idea le preocupó un instante, no le gustaba dejar solo durante tanto tiempo a su pequeño planeta, pero,  por otra parte,  había oído comentar lo mucho que cambia el parque a lo largo de las diferentes estaciones. Cómo algunos árboles se visten de rojo en el otoño y el ginko biloba se vuelve de oro; los extraños dibujos que ofrecen los troncos y las ramas de los árboles caducos al perder totalmente sus hojas en invierno; el silencio que trae la nieve, que parece poner  todo a dormir bajo su manto…

No podía perderse eso. Además, intuía que por las noches, cuando las puertas se cierran a los humanos, otros seres salidos de otras historias merodeaban juguetones entre los helechos'.