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20/7/2020 Noticias ambientales

Una 'orgía' submarina en plena pandemia: cómo el confinamiento ha disparado la fauna del Mediterráneo

«Si un árbol cae en un bosque y, nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún sonido?», preguntó el maestro al alumno en la tradición del budismo zen. Si los seres humanos nos extinguiéramos de la faz de la tierra, los jabalíes y los zorros serían los primeros en apoderarse de algunas ciudades, mientras delfines, cachalotes y tiburones nadarían cerca de las playas y dentro de los puertos, pero nadie estaría allí para verlos.

La pandemia del coronavirus, si para algo ha servido, es para que echemos un vistazo al fin del mundo desde el balcón, y descubrir cómo sería el principio del fin de nuestra civilización, y cómo actuarían nuestros sustitutos. «Pero no digamos que invaden nuestros territorios, nosotros les hemos ido echando del suyo», advierte el biólogo marino y explorador de National Geografic Manu San Félix.

A mediados del pasado marzo, todas las criaturas que surcan el Mediterráneo occidental tuvieron una semana rarísima. Primero desaparecieron los barcos recreativos. Al poco los trasatlánticos remataron sus vacaciones, o lograron atracar en algún puerto. Desapareció el ruido de los aviones. Decenas de buques portacontenedores quedaron fondeados en medio del Mediterráneo sin saber a dónde ir.

«Es como si llevas meses con una obra al lado de casa, te has acostumbrado a ella y, de repente, dejan de hacer ruido», explica Txema Brotons. Nada más iniciarse la cuarentena, el biólogo marino y presidente de la asociación Tursiops, que lleva más de 20 años espiando las conversaciones de los cetáceos, se subió a su velero, el Irifi, y empezó a colocar hidrófonos a treinta metros de profundidad, para escuchar lo imposible. O, por primera vez, algo parecido al silencio, y qué hacen con él estas criaturas.

El paso de Es Freus, entre las islas de Ibiza y Formentera, se convierte en verano en una de las zonas más ruidosas de mediterráneo occidental. En la superficie uno de los mayores atascos del mundo. Bajo el agua, una especie de discoteca submarina. Allí, entre el 15 de marzo y el 1 de mayo, en comparación a las mismas fechas de 2019 y 2018, el hidrófono confirma que ruido se redujo en tres decibelios. «Puede parecer muy poco, pero eso en el mar es la mitad», anuncia Brotons.

San Félix recuerda que los cetáceos son animales «ultrasensibles al sonido», y que lo que había «les tenía que doler». Sin ruido que les impida comunicarse a grandes distancias, sin barcos de gran tonelaje contra los que impactar, y con mucha menos pesca, en el primer mes de confinamiento, el oeste del Mediterráneo registró 15 avistamientos de tiburones peregrinos, una cantidad insólita. El ser humano les había obligado a comportarse en contra de su naturaleza, que es pasar mucho tiempo cerca de la superficie para alimentarse y, precisamente durante los meses de cuarentena, socializar para aparearse.

«Se alimentan de plancton, que en los temporales de invierno afloran desde aguas profundas a la superficie. El viento y las corrientes lo acercan a la costa, por eso buscan las calas y playas poco profundas, pero como hasta ahora ahí había mucho ruido y decenas de miles de embarcaciones les echábamos. Son además muy miedosos y te evitan al más mínimo ruido», explica San Félix.


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