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10/7/2018 Noticias ambientales

¿Seguimos contaminando tras nuestra muerte?

Tras nuestra muerte, ¿qué impacto ambiental producen nuestros restos? Tal vez sea una pregunta macabra, pero que tiene su fundamento. Los dos principales métodos funerarios en nuestra sociedad son la cremación y la inhumación, y ambos afectan de alguna manera al medio ambiente.

El método de la cremación emite a la atmósfera óxidos de carbono, dioxinas y otros elementos contaminantes (se calcula que un cuerpo humano emite unos 27 kilos de dióxido de carbono cuando es quemado), mientras que los efectos ambientales de la inhumación en un cementerio, son similares a un vertedero de material orgánico, con sus riesgos de dilución y dispersión de material en el suelo y los acuíferos, ya que la descomposición de los cadáveres libera potenciales contaminantes químicos como el carbono, amoníaco, cloruro, sulfato, sodio o potasio, entre otros elementos. Por ello, los cementerios buscan suelos especialmente adecuados (sueltos, porosos y con baja humedad), además de añadir sustancias que aceleran la biodegradación y mantener una distancia mínima entre el punto de mayor ascenso del acuífero y la planta de apoyo del ataúd.

Una de las técnicas utilizadas que evitan la cremación es la hidrólisis alcalina (no autorizada en España), que consiste en introducir los restos mortales en un cilindro de acero a presión con una mezcla de hidróxido de potasio y agua a 170ºC. El único residuo sólido que queda es una matriz de fosfato cálcico procedente de los huesos, reducida a un puñado de sal.

Otra alternativa sería la 'Promession', mediante la cual se congela el cuerpo, se rompe y se licua hasta obtener una pastilla de material orgánico.