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25/12/2019 Noticias ambientales

La posible convivencia entre el ser humano y el oso pardo

Con la llegada de los primeros fríos, los osos pardos europeos (Ursus arctos arctos) se afanan en comer tanto como pueden y almacenar grasa antes de ocultarse en sus guaridas, cuevas naturales o excavadas en el suelo a golpe de garra, hasta la próxima primavera. En la península Ibérica hay dos poblaciones de la especie. Una, en la cordillera Cantábrica, de entre 330-350 ejemplares, que ya ha superado la calificación de 'en peligro crítico' de extinción y avanza poco a poco hacia la de especie 'vulnerable'.

La otra, en los Pirineos centrales, con unos 45-50 ejemplares, fue salvada in extremis gracias a la aportación de 9 ejemplares balcánicos cuando los autóctonos se podían contar con los dedos de una mano (de unos 400 hace un siglo, una persecución feroz había rebajado su número a entre 1 y 3 en 1988) en el marco de un programa Life+ de la UE en el que se implicaron Francia, Andorra y las comunidades autónomas españolas fronterizas (aunque Aragón lo abandonó posteriormente), y está todavía lejos de abandonar la situación de máxima amenaza.

Mientras la población cantábrica, concentrada en un territorio de mucha menor extensión, goza de una amplia aceptación social en el mundo rural y los daños en colmenas o frutales se solventan sin mayores problemas mediante las indemnizaciones de la administración, no sucede lo mismo en algunas zonas pirenaicas, donde políticos y ganaderos son aún hostiles al mayor depredador del continente, especialmente en Aragón y en la Val d'Aran, donde en los últimos años dos ejemplares han protagonizado un puñado de inusuales ataques a terneras y caballos.


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