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15/10/2020 Noticias ambientales

El clima y la peste

Lo dijo Antonio Guterres, el secretario general de la ONU, al inaugurar la Asamblea General del organismo, el 15 de septiembre pasado. Lo ha dicho también María Neira, la directora de Salud Pública de la OMS, durante las recientes Jornadas Iberoamericanas sobre Coronavirus y Salud Pública. Y lo dice también, lo agita en la atmósfera global, la aún cruda realidad pandémica: el nuevo coronavirus y el cambio climático actúan en tándem, provienen del mismo nudo.

Neira en su alocución sentenció algo que, a pesar de ser cada día más evidente, no se termina de asumir. “Era cuestión de tiempo –dijo- porque los elementos del cóctel estaban servidos, hemos tenido una pésima relación con el medio ambiente, con los ecosistemas”. Y quizás es peor. No obstante lo catastrófico que sigue siendo el avance de la enfermedad, incluyendo los peligrosos rebrotes en Europa, todavía tendemos a pensar que el drama climático es otro problema.

Nunca tan desatinada esa percepción. Desde hace varios años se venía advirtiendo que el deterioro de los ecosistemas provocaría no solo la “destrucción de la naturaleza” sino, como era obvio, la destrucción de nosotros mismos. El solo hecho de imaginar que ocurriría lo primero sin lo segundo es un viejo y profundo error. Porque no somos nosotros y la naturaleza, sino nosotros en la naturaleza. Y el asunto de fondo es, precisamente, cómo estamos dentro de ella.

Hay zonas de este laberinto que resulta indispensable descifrar y registrar. La disminución de la biodiversidad, por ejemplo, no es un mero dato de la colorida realidad. Cuando hay más variedad de especies, existen menos posibilidades de que los virus eliminen eslabones y salten hacia la turbulenta zona humana. Cuando la biodiversidad se amengua, todo se confunde, se altera, se hace más riesgoso. Los miles de especies de plantas y animales dejan de ser una barrera natural.

Si avanzamos a ritmo desbocado sobre ellos, las posibilidades de que el nuevo coronavirus, u otros miles de virus, nos caigan encima son bastante más altas. Los murciélagos o los pangolines parecen haber lanzado a nuestro territorio la amenaza actual, sin saberlo ni quererlo, pero ya antes había indicios de que la malaria y otras enfermedades se habían desplazado a zonas más frías, como consecuencia de los inusuales cambios en la temperatura global.

En un reportaje publicado en el diario El País, se mostraba cómo los cultivos de papa andinos empiezan a ser afectados por plagas que antes no existían en zonas altas. En el Perú y otros países, el tráfico de especies animales parece anunciar una futura pandemia, o al menos epidemia regional muy peligrosa. Nada de esto es casual. El cambio climático alienta varias pestes. Hemos puesto durante años una carga inmensa sobre el planeta, que ahora estalla en formas perniciosas.

En esa marea, los virus han saltado hacia nosotros, como ya había ocurrido antes, solo que al tener mucha más población y movernos más rápidamente de un lugar a otro el mundo, esta globalización vírica se ha vuelto fatal. El SARS-CoV2 ha viajado en avión, como no lo hizo el virus de la gripe española de 1918, y ha caído sobre nosotros cuando ya la biosfera muestra signos de severo agotamiento y hay más incendios, más huracanes o más temperaturas locas.

El sociólogo Jeremy Rifkin lo ha escrito, desde hace años, acaso décadas. Recientemente ha declarado, coincidiendo con Neira, que “no podemos decir que esto nos coja por sorpresa”, porque el cambio climático, dice, ha provocado grandes desplazamientos de la población humana y de varias especies de animales. Al ser demasiados ―más de 7.500 millones―, hemos invadido el territorio silvestre casi sin piedad y hemos provocado incluso sucesivas y dolorosas extinciones.


Artículo original publicado en ElPais.com, por Ramiro Escobar La Cruz. Continúa leyendo el artículo original aquí.