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3/4/2017 Entrevistas

Ander Izagirre: "Las secuelas sociales que dejó Chernóbil no son espectaculares; son silenciosas y poco visibles"

Ander Izagirre es un joven escritor curtido en mil batallas periodísticas. Ha viajado y nos ha traído historias y experiencias de los lugares que ha visitado. Nos ha obsequiado con preciosas crónicas a pie por los Apeninos ('Cansasuelos'), desde Bolivia nos trajo la historia de la niña Alicia que trabaja en la mina ('Potosí'), junto con el viajero Josu Iztueta viajó a la depresión más profunda de toda América ('Los sótanos del mundo'), y su fascinación por el ciclismo (y su pasado ligado a este exigente deporte), nos acercó a las crónicas más célebres y desconocidas del Tour de Francia en el aplaudido y premiado 'Plomo en los bolsillos', entre otros trabajos de reportajes y varias publicaciones (Ander Izagirre acudirá este miércoles 5 de abril a las 19:00 al Centro de Recursos Medio Ambientales de Cristina Enea, junto con representantes de la Asociación Chernóbil, para hablar sobre la realidad social de Chernóbil).

Hace tres años Ander viajó a Chernóbil para conocer el lugar donde ocurrió el accidente nuclear más grave de la historia, y a los supervivientes del mismo. Decía Izagirre en el reportaje en el que plasmó sus experiencias de aquel viaje, que las autoridades soviéticas decían: "nuestras centrales atómicas son tan seguras que podríamos construir una en la mismísima Plaza Roja de Moscú". Algo ocurrió en Chernóbil que hizo que esa seguridad se disipara. A las 1:23 del 26 de abril de 1986 el reactor número 4 de la central explotó. 31 años después el lugar aún es sobrecogedor. "La visita a la Zona Prohibida, a la central de Chernóbil y a la ciudad fantasma de Prípiat impresionan mucho", asegura Izagirre. Sin embargo, lo que más le interesó al periodista donostiarra en su visita a Chernóbil fue "la vida de las personas que viven a 30 o 40 kilómetros de la central: la radiación va bajando pero el desastre perdura, porque miles tuvieron que abandonar sus pueblos".

Tras el accidente quedó una región enorme devastada, ese desplazamiento y esa ruptura de tantas vidas dejó secuelas sociales muy graves. "Una profesora nos dijo que ahora hay un pequeño Chernóbil en cada casa". Y en euskera es precisamente así, 'Txernobil txiki bat etxe bakoitzean' como se titula el libro que escribió para ilustrar la situación actual de aquella región ucraniana (la edición en castellano se titula 'Regreso a Chernóbil').

Al preguntarle si todas las personas que participaron en los trabajos de estabilización y evacuación eran conscientes del peligro real que corrían, Izagirre es tajante: "los bomberos, militares o ingenieros que se metieron en pleno horno nuclear para reducir el desastre sabían que iban a la muerte. En los siguientes meses, fueron miles de trabajadores de toda la Unión Soviética". 

Sin embargo, Ander no sabe si los chavales a los que llevaban a trabajar unos minutos a cambio de librarse del servicio militar eran muy conscientes del grado de peligro, pero asegura que "los que no supieron el peligro que corrían fueron los habitantes de la región, porque las autoridades ocultaron la información todo lo que pudieron". Izagirre añade que "las secuelas sociales que dejó Chernóbil no son espectaculares; son silenciosas y poco visibles".

El próximo 26 de abril se cumplen 31 años del peor accidente nuclear de la historia, y en Cristina Enea aún se puede visitar la exposición 'Chernobyl Herbarium', de la artista Anaïs Tondeur y el filósofo Michael Marder, donde una serie de 31 rayogramas plasman el trauma que sufrieron las plantas de la zona de exclusión de Chernóbil, tras el accidente.